jueves, 31 de mayo de 2012

Cierta libertad


            —Tengo miedo —le dije a mi abuela—. ¿Puedes hacer que se vaya? —me hice un ovillo en el sofá, apoyé la cabeza en sus piernas y esperé. Ella siempre tenía el remedio para que el negro que a veces me inundaba por dentro se transformase en blanco.
            —¿De qué tienes miedo, mi niña? —preguntó mientras me acariciaba el pelo.
            —De todo.
            —¿Y qué crees que necesitas?
         —Un cuento, abuelita. Cuéntame un cuento bonito que me haga pensar y que llene el vacío.
            Mi abuela guardó silencio unos segundos, buscando en su memoria, y comenzó:
           
        “Había una vez un hombre que no era feliz. Se levantaba temprano para ir a la oficina a trabajar y allí permanecía hasta el anochecer. Cuando el sol dejaba paso a la luna retornaba a casa, y por el camino contaba los pasos que daba. Era la mejor forma de alejar de su mente la idea de lugares lejanos, de libros maravillosos y de gente. “No hay tiempo: he de trabajar y esas cosas sólo me distraen. Ya llegará el momento”.
            Trabajó mucho durante años y obtuvo la recompensa que merecía: dinero. Y soledad.
Cuando se hizo viejo y al fin tuvo tiempo, su mente estaba aletargada y su cuerpo cansado; su casa, llena de muebles caros, estaba sin embargo vacía. Y de repente se sintió solo.
            “Compraré una mascota que me haga compañía”.
            Y con esta idea fue a la tienda de animales, de la que salió con una jaula que guardaba un loro de alegres colores: además de compañía le daría conversación.
            Al llegar a casa puso la jaula en el salón, junto al sillón en el que miles de días se había dejado caer al regresar de trabajar.
            —¡Libertad! —gritó el loro. El hombre se alegró y las dudas de que en la tienda lo hubiesen engañado se desvanecieron: en verdad este animal sería un buen compañero.
            Pero el loro no sabía decir otra cosa.
            “Libertad”, por la mañana; “libertad”, al mediodía; “libertad”, por la tarde. Y “libertad” por la noche. “Libertad, libertad, libertad”, a todas horas.
            Pasó una semana. El hombre le hablaba al loro de sus tiempos pasados en la oficina pero sólo recibía la palabra “libertad como respuesta”.
            Pasó otra semana y el hombre se decidió. Miró al loro con cariño y abrió la puerta de la jaula:
            —¡Ten, libertad! —le dijo al animal. Pero el pájaro no voló. No. Asustado, se fue hacia el otro lado de la jaula y agarró los barrotes con las patas y el pico.
            El hombre, sorprendido, dejó la jaula abierta toda la noche. Cuando entró en el salón a la mañana siguiente, el loro continuaba agarrado a la jaula.
            —No lo entiendo —se dijo para sí. Cerró la puerta de la jaula y fue a la cocina a desayunar.
            —¡Libertad! —gritó el loro. El hombre cogió el vaso de leche y se sentó al lado del pájaro, que continuó gritando “libertad”.
            Y así vivieron juntos muchos años: el hombre que no quiso ni siquiera sentir la libertad de pensar; que contaba los pasos que daba para que su imaginación no volase; que ató su corazón y su cabeza y a una cadena que nunca osó romper. Y el pájaro que gritaba “libertad” y tenía miedo de ella. Los dos en sus jaulas. Y los dos sin atreverse a salir y dejarlas atrás.”
           
Mi abuela se calló y las lágrimas empezaron a caer por mis mejillas. ¿Quizás era eso lo que me asustaba? ¿Era esa la causa del vacío?
            —No, mi niña, no es eso lo que te da miedo. Tú siempre serás libre, porque tu mente nadie la podrá controlar. No te asuste decidir, dejar la jaula y vivir. Nunca cuentes pasos para no pensar. Piensa, sal y vive.

            Tenía ocho años cuando mi abuela me contó este cuento. Ahora quisiera decirle que lo he hecho: soy libre. Mi imaginación vuela, mi vida caótica guarda el orden que yo quiero y el vacío ya no está: lo lleno con letras negra sobre el fondo blanco en la pantalla del ordenador.

Y vivo.
                          

            (*) Basado en el cuento oriental “El loro que gritaba libertad”, que mi profesora de yoga nos leyó en la última clase.