lunes, 9 de abril de 2012

Nuestro día (Relato)

    Mmmm… Estiro el pie y… ¿Dónde estás?
    Vaya…, odio que te levantes antes que yo. Ojalá fuera todo como antes, cuando yo me escurría silenciosa de la cama y te esperaba en la cocina, leyendo un libro y preparando el café. El olor te despertaba y aparecías despeinado y sonriendo, con el pijama mal abrochado y millones de besos para mí. Y me sentía feliz.
    Hoy me estás esperando tú...
    ¿Cómo dices?
    Sí, lo sé: es nuestro día. Dame sólo diez minutos para ducharme y estaré preparada.
   
    
    Bien, lo llevo todo: una manta, una botella de vino y bombones. No, nada de copas; bebamos a morro, cómo en los viejos tiempos.
    ¿En serio me preguntas que a dónde vamos? ¡No te burles de mí! ¡Sabes que sólo hay un sitio perfecto!
    ¿Qué…? No, no puedo conducir…
    Sí…, llevas razón… Quizás dentro de poco lo intente, aunque me da miedo conducir sola... Pero no quiero hablar de eso ¡Venga, vamos en autobús!
    Ya, sé que no pagarás el billete y te colarás. Y sabes que me callaré… No puedo hacer otra cosa...

   
   Está precioso el parque, nuestro parque… Nunca vengo sin ti. Los árboles no serían lo mismo, ni el agua ni…, bah, déjalo, me conoces y sabes que no sé describir. Pero tú lo ves y entiendes a qué me refiero: sin ti y sin mí, nada brilla.
    Hoy te dejo que elijas el sitio.
    ¡No, allí no, que hay un charco!
   Sí, aquí me parece mejor; está todo lleno de margaritas y me recuerdan a ti… Espera que extienda la manta…
    Ahora podemos tumbarnos y beber vino y comer bombones hasta el anochecer…


    Sé que casi no te he dejado hablar pero me han pasado muchas cosas en los últimos tiempos y añoro estos ratos a solas contigo. Ya nada es igual; estás, pero a veces no te veo. Y sé que te quieres ir, pero yo no quiero que te vayas. Nunca quiero que te vayas…
    Suena el teléfono…, no, no voy a contestar. Déjalo que suene; no importa, está el contestador. No quiero que me roben ni un segundo contigo.   
    —¿Cariño? —shhh, no digas nada. Es mamá, pero no quiero hablar con ella. Hoy sólo quiero TU—. Ana, cielo, sé que estás ahí… —no, no lo sabe…—. No contestes, no importa. Sólo quería saber que estás bien, cómo no has ido a trabajar… —contengo la respiración; lo va a decir, y no quiero oírlo… —. Cielo, ¿dónde has ido? ¿Has vuelto al parque? —dile que se calle, por favor…, dile que se calle…—. Ana, han pasado dos años desde que murió…


    ¿Ya te vas? Aún no son las doce, quedan diez minutos, y diez minutos contigo pueden ser mucho tiempo… Sería lo justo, porque dos años sin ti han sido una eternidad. ¿Te quedarás al menos hasta que me duerma?
    Sí, lo harás, y me acariciarás el pelo, y me susurrarás al oído que me querrás hasta siempre. Y yo te creeré, porque lo hiciste… Lo injusto fue que el “siempre” llegó demasiado pronto…