jueves, 29 de marzo de 2012

"Una forma de vida", de Amélie Nothomb

    Nunca siento tanta indecisión como cuando estoy delante de una estantería repleta de libros y sólo puedo llevarme uno: los huelo, miro las portadas, ojeo las sinopsis, busco a mis autores favoritos…
¡Oh!, y analizo mi estado de ánimo, punto éste importantísimo: si estoy tristona nada de dramas (cuando leí “Posdata: te quiero”, novela deliciosa, estaba un pelín desanimada y a causa de mi exceso de empatía con la protagonista casi acabo con una depresión profunda).
     Esto de tanto pensar en qué libro seleccionar es debido a dos normas autoimpuestas y de incuestionable cumplimiento:
    Primera.- Comprar los libros de uno en uno. Los hace más especiales; el que me llevo a casa es el elegido y durante al menos un día será el único en mi vida. Tengo que escogerlo con calma, disfrutando el momento.
    Segunda.- No dejar nunca un libro a medias.
    Mmmmm…, entre nosotros, esta regla cuenta con una fatídica excepción: compré “Primera sangre” en una tienda de segunda mano por cien pesetas. Vale que el protagonista se llamaba Rambo; vale que iba de un chico que se metía en líos; vale que el tipo había estado en Vietnam, pero lo que no vale es que no me avisasen de que ese Rambo era el del cine. Cuando llevaba veinte páginas se lo pregunté a JC, con la duda en mi cabeza y temerosa de su respuesta. Mi novio se dobló de la risa.
    —¿Estás leyendo “Acorralado"? —me dijo con sorna cuando se calmó.
    Ahí yo también me calmé. ¡Uf, no, nada de “Acorralado”!
—Se llama “Primera Sangre” —contesté con alivio y pensé en lo terrible que puede ser la casualidad: un poco más y dejo la novela. Leer una frase del protagonista y ver a Stallone en mi mente me estaba matando.
    JC volvió a reírse. Ya, ya, ya…
    Vale: estaba leyendo “Acorralado”. Lo acepté, valoré los pros (mantener mi norma de acabar todos los libros con un honorable “sobresaliente”) y los contras (algo así podría acabar con mi pasión por la literatura) y le di la novela a JC, con un lacónico “llévatela lejos de mí”.
    Doce años después, no ha vuelto a sucederme nada parecido. Ésa ha sido la única excepción.
    Ahora una portada llama mi atención y no puedo dejar de mirarla: una foto difusa sobre el fondo amarillo y una chica que parece perdida. El nombre de la autora me suena vagamente. Ojeo la contraportada y no entiendo mucho. Abro el libro y leo la primera frase: me intriga.
    Es él; lo cojo con fuerza y me acerco a la caja: será el primero en mi nuevo devenir de crítica literaria aficionada (y en absoluto remunerada).
    
    "Una forma de vida", de Amélie Nothomb.    
   
    Sinopsis:
    
    Una novelista, Amélie Nothomb, recibe una carta de un soldado americano destinado en Irak, Melvin Mapple. Durante su estancia en el frente ha contraído una enfermedad, de la que hace partícipe a Amélie, iniciándose una curiosa relación epistolar entre ambos. Son dos los pilares principales del escrito: el cuerpo y la epistolografía.

    Confieso mi absoluta predilección por las novelas escritas en primera persona: es difícil conseguir que el lector olvide que hay un escritor detrás de la historia e identifique al protagonista con el creador como si fuesen el mismo sujeto. Amélie Nothomb va un paso más allá y no sólo escribe la historia en primera persona sino que se convierte en la protagonista. Y realmente me la creo: alucinaría si no fuese como ella misma se retrata, una mujer singular, curiosa, irónica, incisiva, diplomática, sensible y que al final se revela confiada.
    No hay prácticamente diálogos en el libro, pero no se echan de menos: son sustituidos por las cartas que Amélie y el soldado Mapple se intercambian.
    Hay dos visiones del mismo aspecto que me han apasionado:
    Por un lado, el lector-soldado necesita existir para la escritora. Su vida (debido a la enfermedad que padece y que no os voy a desvelar por mucho que me insistáis: me cargaría la mitad del argumento) dejó de ser vida y el lector hace tiempo que desechó la posibilidad del cambio real; la única salida que encuentra es desdoblarse en un nuevo ser, su enfermedad, separada de él mismo y a la que concibe como una amante.
    El que sea públicamente conocido que la escritora contesta todas las cartas que recibe (no sé si esto será real pero me inclino a pensar que sí, lo cual es una locura, porque nadie responde miles de cartas de desconocidos; sin embargo, en la personalidad de Amélie Nothomb, tal y como se descubre en su escrito, es algo absolutamente normal) le lleva a ponerse en contacto con ella. Y ella le contesta: ¡existe para ella! ¡Y está vivo!, aunque sea en símbolos negros sobre folios blancos. Su existencia adquiere una nueva dimensión gracias a las cartas de la autora, en un primer momento cínicas pero que acaban siendo completamente sinceras.
    Por otro lado, la escritora se plantea que el lector existe y que ella existe para él. Ella misma se define como un ser “poroso”, “el abono ideal” en el que los lectores, a veces tiránicos, se creen con derecho a plantar sus dudas, sus tristezas o su creatividad. Y, sin saberlo, acepta el reto de salvarlo. Pero, ¿quién la salva a ella de ella misma?
    La prosa de Amélie Nothomb es ligera y profunda al mismo tiempo: corres el peligro de saltarte una frase que necesitarás releer en un intento de captar todos sus aspectos a causa de un argumento aparentemente sencillo. Es incisiva al tratar temas como la necesidad de que el autor dude del valor de su obra; sorprendente al relativizar la inmoralidad de la mentira y chocante al reflexionar sobre la exigencia de que escritura-placer-angustia vayan siempre unidos.
    ¿Qué más deciros? Que me ha gustado mucho. Es una novela original, difícil de encasillar en ningún género, de una escritora a partir de ahora indispensable para mí.
    Si la leéis, espero que disfrutéis con ella tanto como yo. Si no lo hacéis (el disfrutarlo), no me lo tengáis en cuenta, que para gustos, los colores.

lunes, 26 de marzo de 2012

¡ Comenzamos!


          —JC —le digo a mi novio y le doy un empujón ligero para que me haga caso. Espero un par de segundos y no obtengo respuesta—. JC —insisto, elevando un poco la voz. Nada, como si no fuera con él—. JC, que estoy hablando contigo… —exclamo, ya un poco disgustada.
            La silueta que duerme a mi lado se mueve ligeramente y hace un ruido con la garganta parecido a un ronquido. Vuelve el silencio.
            Miro el despertador: las tres de la mañana. ¡Por Dios, no pasa el tiempo! Cuatro horas más de insomnio por delante. Me siento en la cama y busco a tientas las zapatillas, pero el frío me hace desistir de irme al sofá. Vuelvo a esconderme bajo las mantas y enredo mis pies entre los de JC.
            —Anda, guapo, despiértate un ratito, que no puedo dormir —susurro.
            Entre nosotros, mi novio no tiene conciencia, consideración ni empatía en esto del desvelo: pone la cabeza en la almohada y pierde el conocimiento. Y mientras él duerme plácidamente, yo doy vueltas y más vueltas, en la cama y a mi mente, pensando que la culpa de todo la tiene mi adicción.
            ¿Por qué, si no, me iba a tomar dos cafés después de comer, sabiendo que con el de la mañana ya tengo cafeína de sobra en mi sobreestimulado sistema nervioso para todo un día?
            La razón es obvia: soy adicta.
            No, no hablo de adicción al café (en el fondo soy más de chardonnay).
¡Eh! ¡Qué cosas tienes, no soy adicta al chardonnay! Nunca bebo antes de las ocho de la tarde, lo cual es prueba irrefutable de que no tengo ningún problema (excepto los fines de semana, en los que se aceptan una copita o dos al medio día) (y los festivos, por asimilación) (y cuando me ha pasado algo muy bueno, para celebrarlo) (o algo muy malo, para superarlo) (y no hay más excepciones a mi estricta norma de “nada de chardonnay antes de las ocho”).
No, no, tampoco me refiero a las compras: eso es necesidad. No pretenderás que vaya desnuda por la calle.
¿Adicta a los bolsos? ¿Yo?
Me preocupa tu visión sobre mí. ¿Cuántas adicciones eres capaz de asignarme en cuestión de minutos? Mejor te digo de lo que hablo, no vaya a ser que acabemos mal…
Mi adicción real y la única que estoy dispuesta a reconocer es a los libros.
Son los causantes de mi primera visita al psicólogo (las novelas de Agatha Crhistie no son lo más adecuado para una niña de once años); de que estudiase derecho (Perry Mason siempre ha sido mi héroe); de que crea en el amor eterno (¿cómo no hacerlo, después de leer y releer “Cumbres Borrascosas”?), de que no crea en él (¿cómo hacerlo después de leer y releer “Las cárceles del alma”) y de que piense que todo es posible con humor (P.G. Wodehouse marca mi forma de enfocar la vida).
Mmmmm…. ¿por qué te estoy contando esto?
Ah, sí… No puedo dormir… Los dos cafés... Y un libro maravilloso que no podía dejar de leer…
¡Oh! ¡Madre mía!
¡Acabo de tener una idea genial!
Espera, voy a despertar a JC para ver que opina: ya sabes que a veces por la noche y en plena vigilia las cosas no se ven de forma real.
—¡JC! —exclamo emocionada, dándole un golpecillo en la espalda.
—¿Mmmmm? —mi novio se gira y trata de abrir los ojos.
—¡Voy a hablar de libros en el blog!
—Mmmmm….
—Sí, ya sabes, un poco de crítica literaria ligera y eso…
—Ahá….
—¿Qué opinas?
Un ronquido por respuesta.
Es obvio: ¡le parece tan guay como a mí!